sábado, 5 de octubre de 2024

 

Partisano

Preámbulo 

Era apenas un crío cuando la primera gran guerra golpeó de cerca, con sus terribles consecuencias. Aunque en ese momento, el poblado no fue alcanzado ni por escaramuzas siquiera, las noticias que circulaban todo el tiempo, no reflejaban otra cosa que dolor. Tanto del lado materno como paterno hubo que lamentar pérdidas de seres queridos, incluso la de un primo de tan corta edad como él. El estrago fue producto del impacto de una pieza de artillería en la casa familiar. El proyectil se encontraba totalmente desviado de su trayectoria lógica en el frente de batalla. El por qué de ese recorrido fatídico jamás fue esclarecido. Terminada la descomunal contienda, las penurias económicas se sintieron durante un buen tiempo como azotes sobre la piel desnuda. 

Pocas décadas más tarde, los vientos de un nuevo enfrentamiento soplaban cada vez con más fuerza. Haciendo caso omiso de todo lo sucedido en el desastre anterior, en la inminente escalada, podían esperarse acciones de mayor violencia. La ira entre rivales estaba prácticamente en un punto de no retorno y el desarrollo alcanzado en la tecnología militar como en las dimensiones de las tropas, respaldaban el brutal presagio. La intempestiva ocupación de territorios extranjeros por parte de una potencia, encendió la mecha y en breve, múltiples frentes de lucha estallaron casi en simultáneo. Esta vez, la pequeña villa, que se mantenía casi inmutable al paso del tiempo, era probable que terminara siendo alcanzada por la locura. Y la excepción no se produjo. 

Pier, crecido y convertido en carpintero, tenía una existencia solitaria en la casa familiar. Sus padres habían fallecido hacía un tiempo. Con el paso de los años, entendió que jamás pudieron recuperarse de todo lo sufrido. Las personalidades de ambos, inicialmente joviales, fueron tornándose mustias y en el final, la angustia o los episodios depresivos eran casi una constante. A la muerte de uno sucedió la del otro, con una separación de pocos meses. Pier no olvidó todo aquello. 

Desde hacía unos días, el ruido de la maquinaria bélica, flotaba en el ambiente. El lugar ya había sido visitado en más de una oportunidad por tropas regulares del país. Buscaban individuos jóvenes para incorporarlos de una manera no tan voluntaria a las fuerzas. Los pocos existentes, siguiendo consejos de familiares y amigos, habían partido hacia zonas libres de la pesadilla, al menos por el momento. Dos de ellos, incluso, pretendían abandonar la nación aunque se desconocía su suerte. Se organizaron guardias nocturnas para dar la alerta, ante la posibilidad de una agresión. Sin dudas, eso salvó a los precavidos de experimentar un averno terrenal. Los sometimientos se producían, casi sin excepción, cargados de mucha crueldad. 

La patrulla invasora avanzaba sin demasiadas precauciones. Confiaba en su impunidad casi absoluta para hacerlo. La oposición de las fuerzas nacionales era exigua frente a un ejército con equipamiento y preparación de primer nivel. No quedaba más que retroceder frente a sus embates y eso significaba ceder terreno. No hacerlo en las actuales circunstancias, era sinónimo de exterminio. El grupo de aldeanos, encargados de la ronda nocturna, detectaron la llegada a tiempo y dieron la alarma. 

Rápidamente se inició el éxodo. La retaguardia de un grupo apesadumbrado y temeroso, iba armada de manera miserable. Al arsenal lo conformaban un par de viejas escopetas, un arcaico fusil manchado por el óxido y unas pistolas con reducido mantenimiento. La pobre cantidad de municiones y el desbande repentino, impidieron poder comprobar con tiempo, el adecuado funcionamiento de todos los artefactos.